Del amor incondicional al odio mortal: La guerra de los Rose
La guerra de los Rose

¿Qué separa el amor incondicional del odio mortal?
¿Es el enamoramiento lo mismo que el amor?
Según el psicólogo Walter Riso, el enamoramiento “es un estado de atracción y pasión que suele durar entre seis meses y dos años, estrechamente relacionado con nuestra necesidad biológica de procreación”. ¿Podríamos decir que es una especie de trampa en la que caemos en aras de la supervivencia de nuestros genes?
El hecho es que durante este periodo de enamoramiento vivimos obsesionados por el otro, por pasar todo el tiempo posible con el otro “volviéndonos adictos al objeto de nuestro deseo.” Distorsionamos la realidad “proyectando una imagen idealizada de nuestra pareja” y creemos que es exactamente como creemos y queremos que sea. Y es en estas circunstancias que nos casamos o vamos a vivir en pareja o tomamos otras decisiones importantes, como la de tener hijos. Y es entonces cuando se acaba el hechizo y comenzamos a tener una visión más realista del otro y se pone en funcionamiento el compromiso del que somos capaces respecto del otro lo que implica no caer en la dependencia emocional del amor del otro, no creer que sin el otro somos incapaces de vivir, no sentir celos enfermizos ni caer en la posesividad. Amar es amarse primero a sí mismo, y dar al otro libertad. De lo contrario, caeremos muy pronto en una batalla campal.
Si hay un film que acierta en reflejar esta sucesión de hechos es, amén del orgullo, la prepotencia, el materialismo y el resentimiento, desde mi punto de vista, la magnífica La guerra de los Rose, protagonizada por Katheleen Turner y Michael Douglas que acaban sus días pendiendo de un candelabro previamente aflojado en el techo de su hermosa mansión y muertos ambos cuando la lámpara cae al piso, todo esto después de una serie de improperios, desavenencias, actos casi criminales, maltratos de todo tipo y un sinfín de situaciones en las que el odio más acérrimo campa a sus anchas. Riso mismo ha trabajado con parejas que más que odiarse han acabado destruyéndose, como es el caso. Todo ronda alrededor de la negativa del señor Rose por darle el divorcio a su mujer, Bárbara. Ella entonces decide que se dividirán la casa y la lucha es literalmente a muerte y comienzan los trámites para el divorcio. Valga añadir que el matrimonio parecía a todas luces el matrimonio ideal tras un enamoramiento fulminante en una subasta quince años atrás, hasta que apoyado siempre por su esposa, Douglas asciende de categoría en sus negocios y sus clientes y sus finanzas comienzan a ser más importantes que su señora que siente que desperdicia su vida y decide independizarse y, harta, darle otro cauce a su existencia cosa que el señor Rose no tolera e incluso toma en sorna.

“Según los últimos datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el año pasado se produjeron en España 123.450 divorcios, separaciones y nulidades, frente a los 131.317 de 2008 y los 141.246 de 2007.” Esta tendencia a la baja lo que refleja es que la situación económica impide a las parejas costearse un abogado o un juicio, y no a que la situación haya mejorado, explica el abogado matrimonialista García Berzosa. Aunque en casos extremos las parejas recurren a un crédito. Y la mayor parte de los divorcios se producen después de las vacaciones de verano cuando la rutina del día a día y las ocupaciones brillan por su ausencia y los cónyuges se ven obligados a enfrentarse al hecho de que no se soportan.

Lo más interesante de La guerra de los Rose es cómo en medio de tanta perversión y tensión nosotros, los espectadores, podemos ir identificándonos con una y con otro.

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