Niños sobreexigidos, padres sobreexigentes
La sobreexigencia sobre los niños
24 enero 2013 - 19:56, por , en Maternidad, Psicología y reflexiones, sin comentarios

Todos deseamos lo mejor para nuestros hijos. Pero hay estrategias que empleamos que pueden llegar a ser contraproducentes. “Vivimos en una sociedad excluyente y la idea, todo el tiempo, es que la gente está como en un borde y se puede caer. Se supone que si un chico no cumple con los requisitos de la escuela, se cae del sistema. Entonces hay que hacer el esfuerzo que sea para que no se caiga, tiene que ser eficiente, tiene que producir”., dice la psicoanalista argentina Beatriz Janin. Y añade que no es la misma sociedad de mediados del siglo XX, cuando los padres ponían todas sus esperanzas en que sus hijos llegaran a ser médicos, abogados o ingenieros. La situación actual es de angustia, de angustia porque nuestros hijos no se caigan del sistema, ni siquiera se trata ya de triunfar.

Aunque esto también se da en la actualidad y nos encontramos con padres súper exigentes que no toman en cuenta las predisposiciones o la sensibilidad de sus hijos y como en el conocido caso del pianista David Helfgott, cuya vida fuera llevada a las pantallas en la película Shine, nos encontramos con padres “tóxicos”, demandantes, castigadores, y que solo pueden comprender la vida en términos de esfuerzo, logros, sufrimiento y competitividad. Personas que ven la existencia dividida en dos: los ganadores por un lado y por el otro, los perdedores. “Tienes mucha suerte, repite conmigo” “Tienes que ganar siempre”, son las frases que iban quedando en la cabeza de David. El poder y el absoluto control que desempeñan padres como el de David, minan la autonomía y la motivación de los niños. A la larga, estos niños sufren las consecuencias. Son niños retraídos, con dificultades para las relaciones sociales, que se angustian con facilidad ante los fracasos y se anulan. Hay casos en los que el amedrentamiento llega a ser psicológico y también físico y generan temor en los demás componentes de la familia que prefieren no intervenir.

Estos hijos desarrollan una total dependencia respecto de estos padres, de su aceptación y de su amor. Buscan en ellos cada gesto de reprobación o de agrado y cuando son castigados, involucionan. Los chicos “son sujetados a un marcapasos social que suele asumir un ritmo cocaínico, y que les impone las pilas para que puedan andar a mil. Con lo que no sólo dejan de ser niños, casi dejan de ser humanos”. En nuestra sociedad hiperproductiva se exige a los niños un exceso de eficiencia pero no todos alcanzan el éxito y se enfrentan tempranamente a problemas psicológicos que se suelen convertir en casos psiquiátricos y son medicados como solución mágica ante las dificultades escolares. El caso es crítico en Estados Unidos, pero de allí se va dando el “contagio” a otras partes del mundo occidental aun cuando los psicofármacos tengan alto potencial de abuso como el metilfenidato. Estos niños no consiguen ni jugar ni mostrar sus emociones. Muestran problemas de conducta, psicosomatizaciones, ataques de pánico o angustia.
Al ritmo frenético con que se conducen los padres se les une el de los hijos, todos localizados en un training desaforado por “llegar”. Nadie puede “perder el tiempo”, ni los niños ni los padres. Como señala Tonucci, jugar y descansar es tan importante como centrarse en los estudios. Niños que no han tenido la oportunidad de jugar, al llegar a la adolescencia o a la juventud pueden desarrollar síntomas psicóticos porque no pueden sufrir la presión en sus sitios de estudio o trabajo. “El juego permite cambiar roles, expresar sentimientos, elaborar situaciones, descargar tensiones.” Hay una obsesión por parte de los padres porque los niños transiten esa etapa sumando puntos: aprender idiomas, tocar un instrumento musical, practicar un deporte competitivo, jugar con juegos didácticos, memorizar enciclopedias… Lo que se quiere es tener niños genios sin importar la violencia con que se los controla e instruye y sin darles lugar a que jueguen en libertad. La famosa estimulación temprana difundida por el psicólogo Glenn Doman, fue en sus orígenes una forma de estimular a niños con alguna discapacidad. Pero pronto se extendió como la pólvora y se aplicó a niños que no padecían de ninguna discapacidad. El mismo caso se da en las clases de psicomotrocidad. Los niños están obligados a seguir una pautas rígidas impuestas por el “programa”, en lugar de dejarlos que investiguen a sus anchas, que descubran el mundo por sus propios medios desarrollando así su inteligencia y su independencia. El caso es que las consultas por casos de este tipo aumentaron un 50% en los últimos años. Pareciera que hay una epidemia de niños con TDAH y cada vez más temprano. El resultado es que tenemos niños tempranamente estresados que no lograrán seguir un itinerario sin la aprobación de los demás, sin herramientas para defenderse y recuperarse de los fracasos o las situaciones traumáticas con las que se puedan topar. No todos serán líderes ni “ganadores”. En “un mercado ávido de nuevos consumidores, ellos enfrentan, como pueden, presiones propias del mundo adulto.”

 

Sobre el autor

Deja un comentario

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar