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Amar incondicionalmente a los hijos

En contra de algunas modas actuales –o no tan actuales–, el psicólogo Carl Rogers, hace unos 50 años, dijo que amar a los hijos no es suficiente, que hay que amarlos incondicionalmente por lo que son y no por lo que hacen.

Otras teorías inducen a pensar que lo mejor es que actuemos y sintamos en sentido contrario. Que demos afecto a nuestros hijos cuando se lo merecen y negárselo cuando no.

Dado que la aceptación y la aprobación de los padres es un factor decisivo en cuanto a cómo se conforma la actitud y la conducta de los hijos, el presentador del show Primero la familia, en EE.UU., Phil McGraw alega que lo que los niños necesitan es que se les dé amor con condiciones «para que se comporten como nosotros queremos.»

Otra vocero de este tipo de pensamiento es la Super Nanny, Jo Frost, que en su libro homónimo (Hiperion, 2005) afirma que «Las mejores recompensas son la atención, el elogio y el amor», y estos deben ser limitados «cuando el niño se comporta mal, hasta que se disculpe», momento en el cual el amor vuelve.

El autoritarismo era antiguamente, no hasta hace mucho, la conducta predilecta de la mayoría de los padres. Hoy en día, a pocos se nos ocurre recurrir al castigo físico, pero sí hay quienes acostumbran a poner a sus hijos en aislamiento «para que reflexionen» y se disciplinen. A esto se le llama «tiempo muerto.»

Lo contrario, el refuerzo positivo se denomina «buen trabajo.»

Es decir, este tipo de conducta por parte de los padres significa que los niños deben ganarse su amor. Que éste es, en contra de lo que dice Rogers, condicional. Y de hecho Rogers advierte de que tratados de esta forma, mediante refuerzo y castigo, los niños acabarán en una terapia para conseguir el amor incondicional que no recibieron de sus progenitores.

«En 2004, dos investigadores israelíes, Avi Assor y Guy Roth se unieron a Edward L. Deci, importante experto norteamericano en psicología de la motivación y preguntaron a más de 100 estudiantes universitarios si el amor que habían recibido de sus padres parecía haber dependido de su éxito en el estudio, de la práctica intensa de deportes, en haber sido considerados como los demás o en haber logrado reprimir las emociones de enojo y miedo.»

El resultado fue que aquellos que habían recibido amor condicional tenían la propensión a actuar según sus padres desearan, pero a un alto precio. El precio era que sentían resentimiento hacia sus progenitores y que éstos no eran de su agrado. Además referían acatar este modo de conducta más por una fuerte presión interna que por una libre elección. Por otro lado su felicidad tras un logro duraba poco y en general se sentían «culpables o avergonzados.»

En una serie de entrevistas llevadas a cabo por el Dr. Assor a madres de hijos adultos reveló que esta generación, educada según criterios de condicionalidad, también sentía que solo habían sido amadas cuando respondían a la expectativas de sus padres, y que, ahora, siendo ya personas adultas, se sentían poco valoradas. Aun así, ellas mismas aplicaban este tipo de educación a sus hijos.

Los mismos investigadores, junto con otros dos colegas del Dr. Deci, de la Universidad de Rochester, este pasado julio, publicaron nuevamente sus hallazgos de 2004, pero con algunos agregados: «Los estudios revelaron que tanto la paternidad condicional positiva como la negativa eran dañinas, pero en forma algo diferente. La positiva a veces lograba que los hijos trabajaran más en sus estudios, pero con el costo de sentimientos poco sanos de ‘compulsión interna’. La negativa, en cambio, no tenía éxito ni en el corto plazo, sino que sólo aumentaba los sentimientos negativos de los adolescentes hacia sus padres.»

Lo que estos estudios indican con claridad es que tanto el refuerzo positivo como el negativo, esto es, la afectividad condicional, es perjudicial para los hijos. «…elogiar a los hijos por hacer algo bien no es una alternativa significativa a retraerse o castigar cuando hacen algo mal. Ambos son ejemplos de paternidad condicional y ambos son contraproducentes.»

Es decir, la retirada de nuestro amor cuando los niños no nos «complacen» no es particularmente efectiva para conseguir lo que nos proponemos. Incluso recurriendo al apoyo positivo o al elogio, tenemos que cuestionarnos si vale la pena, conociendo los efectos a largo plazo.

«En la práctica, según una impresionante cantidad de datos del doctor Deci y otros, la aceptación incondicional de los padres, al igual que la de los maestros, debería estar acompañada de apoyo de la autonomía y de la explicación de las razones de las exigencias; deberían maximizarse las oportunidades para que el niño participe en sus decisiones, alentarlos sin manipularlos, e imaginar en forma activa cómo se ven las cosas desde el punto de vista del niño.»

Fuente
Alfie Kohn
The New York Times
Imagen:http://padresehijosfamiliaunida.blogspot.com.es

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