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Desesperada

El grito, Edvard Munch, 1893

El grito de Munch, una suerte de expresionismo

«Estaba allí, temblando de miedo. Y sentí un grito fuerte e infinito perforando la naturaleza». Estas palabras del pintor noruego Edvard Munch revelan el grado de hipersensibilidad del autor de El grito, uno de los cuadros más celebrados de todos los tiempos por constituir la representación más lograda del enorme desaliento del hombre moderno ante el fin de siglo y el comienzo del siglo XX convirtiéndose así en el altavoz de la angustia existencial de sus contemporáneos y hasta hoy.

La situación personal de Munch, nacido el 12 de diciembre de 1863 en Loten, Noruega, hijo de un modesto médico militar dominado por obsesiones religiosas y que murió en 1889, y cuya madre y hermana aquejada de una enfermedad mental morirían tempranamente de tuberculosis, está íntimamente relacionada con la obra. Su personalidad conflictiva y algo desequilibrada que él mismo consideraba la base de su genio, «depresivo y traumatizado por su relación con las mujeres a quienes odia», acababa de perder a su madre. Esto fue lo que lo marcó para crear ese grito visceral, apenas una calavera que se coge la cabeza para no estallar, y pintado con colores violentos y arbitrarios para violentar al espectador y transmitir sin ambages su estado anímico. No se trataba de expresar una verdad racional sino de expresar un sentimiento. Esto incluye al autor en el camino de los pintores del simbolismo visionario y expresivo, el del Expresionismo.

Su vinculación con la muerte es una constante en la obra de Munch. Munch se vuelca en las profundidades de su propia psicología, una psicología plagada de fantasmas que lo acechan desde su infancia y «que lo instalan solo frente a una muerte trágica e inevitable que constituye a su vez un sin sentido, una experiencia de la libertad vacía, sin origen o finalidad preestablecida.»

Influido por la filosofía de Kierkegaard y Nietzsche, filosofías que llevarían al surgimiento del existencialismo, siente la orfandad de la condición humana, condenados a ser libres y a elegir cuando no existe ninguna señal que nos dirija en una dirección u otra. «Dios ha muerto.» Munch se adelanta al existencialismo francés y plasma en su obra la angustia del ser abandonado a su suerte en una existencia que es el más puro vacío.

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La pintura «El grito (1893) de Edvard Munch» ha trascendido como un símbolo universal de la ansiedad y la desesperación humanas. A través de esta obra, Munch no solo retrata sus propias batallas internas sino que también captura la esencia de una era plagada de incertidumbre y cambios radicales.

El impacto de «El grito (1893) de Edvard Munch» en la cultura y el arte contemporáneos es innegable. Su influencia se extiende más allá de los límites del lienzo, inspirando a artistas, escritores y pensadores a explorar los rincones más oscuros del alma humana.

El Legado Perenne de ‘El Grito’

El grito (1893) de Edvard Munch no solo es reconocido por su poderosa representación emocional, sino también por cómo captura el zeitgeist de una era. La figura central, con su rostro distorsionado y sus manos en las sienes, ha llegado a ser un icono de la angustia existencial, reflejando la ansiedad que muchos sienten frente a las presiones de la vida moderna.

El legado de esta obra maestra se evidencia en su continua relevancia y su capacidad para resonar con las audiencias actuales. La imagen ha sido reproducida y reinterpretada en múltiples contextos, desde el arte pop hasta la mercadotecnia, demostrando que el mensaje que Munch codificó en su pintura sigue siendo tan pertinente hoy como lo fue en el momento de su creación.

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