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Desesperada

Gamofobia: buenas razones para no casarse

En su artículo «Gamofobia (Miedo al Matrimonio): Antes muerto que comprometido», Gustavo Masutti Llach narra el argumento de la película Runaway Bride (La novia fugitiva, 1999) en la que un periodista (Richard Gere) trabaja sobre el caso de una tal Maggie Carpenter (Julia Roberts) que tiene la manía de dejar plantados a sus pretendientes en el altar. La película es un remake de otra de los años ’30 con el mismo título, pero el punto de vista es necesariamente distinto. Casarse o no casarse en los años ’30 no es lo mismo que hacerlo o no hacerlo en el siglo XXI. Y de hecho Llach propone que la nueva versión se llame «La vida de Julia Roberts» ya que en la vida real, la actriz también ha dejado plantada a su pareja, Kieffer Sutherland, en el altar, y roto infinidad de relaciones amorosas para al final contraer matrimonio con Lyle Lovett y divorciarse pasados menos de dos años. Este tipo de situaciones son mucho más corrientes en la actualidad que hace 70 años… ¿Significa eso que tenemos miedo a casarnos? ¿Somos realmente fóbicos a contraer esa clase de compromiso? ¿O es que ya no se estila que el hombre hinque su rodilla en el suelo para pedir la mano de la novia o presentarse ante los padres de la amada para pedir su consentimiento? ¿Hemos perdido la noción romántica de contraer nupcias o es simple y llanamente temor? Llach aclara que la gamofobia implica tanto el temor a la sexualidad como el temor a la dependencia, aparte del pánico en sí a toda relación de pareja estable. Llach cita el libro de Steven Cárter y Julia Sokol, «El temor al compromiso» de los años ’90, en el que los autores explican que no se trata de un asunto de hombres sino de ambos sexos. “El matrimonio –escriben- dejó de ser la meta y la condición fundamental para ser alguien en la vida. Ahora las mujeres tienen sus empleos, sus profesiones y grandes posibilidades de progresar en sus carreras. Así, la mayoría tiene miedo de quedar encerradas en una relación tradicional y poco feliz”. Es que contraer matrimonio puede llegar a ser motivo de que los roles en la pareja cambien respecto del noviazgo. Las mujeres, cada vez más preparadas, no aceptan convertirse en esclavas de los hombres y éstos se sienten intimidados por este tipo de mujeres. Temen no dar la talla y temen no poder cumplir con el rol que se exige de ellos. Lo que se estila con mayor frecuencia son las relaciones furtivas. No se hacen proyectos a largo plazo. «Después de todo, el matrimonio es una institución antigua a la que cada vez menos gente le da importancia. Y no es garantía de felicidad: mis padres se separaron cuando yo tenía 12 años y fue todo un gran trastorno”, explica un encuestado de 35 años. Según el psicólogo Francisco Isura existe una clara tendencia al individualismo, hacia la levedad, hacia lo light, a eternizar la juventud, a priorizar el éxito personal, a la inmediatez en el contexto de una cultura utilitarista. «Cuando una relación no se produce luego de varios intentos a lo largo de un tiempo, o ésta se presenta con total precariedad, emerge un sentimiento de desesperanza, hay una pérdida de expectativas, irrumpe el miedo a relacionarse y a que todo deje de ser fantástico de un momento a otro. Esto lleva a un aislamiento porque hay mucho miedo al encuentro con el otro, ya que enfrenta sus miserias con las de uno.»

El aumento imparable de separaciones y divorcios tampoco juegan a favor del matrimonio en las nuevas generaciones. Haber padecido el divorcio de los padres, no contar con una presencia masculina, o la falta de responsabilidad por parte de la madre, generan serias dudas acerca de lo que puede significar casarse. No es raro que una pareja se rompa apenas contraen matrimonio y se culpa de ello al matrimonio en sí, cuando en realidad se trata de una falta de comunicación en la pareja y de la falta de comprensión de lo que significa la convivencia. Muchos creen que al casarse se hacen propietarios de su media naranja como lo demuestran con sus actitudes minando la relación desde el comienzo, y eso no es así.

Otros factores que generan malos entendidos son la falta de tolerancia respecto del otro, de sus hábitos, el temor a la intimidad compartida y la incapacidad para relacionarse sanamente y amorosamente con el otro en el mutuo respeto y sin ataduras. Por otra parte, “Cuanto menos se hayan superado las crisis precedentes de la vida, tanto mayores son las hipotecas que se llevan al matrimonio”, dice el psicólogo estadounidense Rüdiger Dahlke en su libro “Las etapas críticas de la vida.”

De acuerdo con Llach, debe existir cierto equilibrio entre la manera en que defendemos nuestra autonomía y el modo o las intenciones y expectativas con las que establecemos el vínculo. Pero para ello es necesario renunciar al narcisismo tan en boga en nuestros tiempos, y de ser capaces de establecer un compromiso con la otra persona que no sea perjudicial para ninguno de los dos so pena de ser absorbidos en una relación destructiva o simbiótica.

Los gamofóbicos («gamos» significa matrimonio y «fobos» miedo) suelen esperar encontrar a la persona perfecta cuando de lo que se trata es de cambiar el propio enfoque.

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