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Historia de la corbata: ese touch de fantasía

Una historia de la corbata

Vivimos de convencionalismos y vestimos según un código y quizás no haya un complemento más visual y significativo que la corbata. Desde Frank Sinatra hasta Mickey Mouse y Porky pasando por Los Beatles, todos ellos se han enroscado algún artilugio de esos al cuello.

El cuello es esa parte del cuerpo que une la cabeza al resto del cuerpo y mucho antes de que naciera la corbata los seres humanos sintieron que era necesario adornarlo. Según Balzac “el espíritu de un hombre se adivina por su forma de llevar el bastón o de anudarse la corbata”. Opinaba el autor que quizás la corbata fuera la única prenda que viste y distingue nuestra individualidad.

Así los faraones en el Antiguo Egipto envolvían sus cuellos con opulentos collares metálicos y en la Edad Media se colgaban un medallón con una cruz a modo de protección espiritual.

Pero aunque prendas para cubrirse el cuello existieran desde tiempos remotos la primera vez que se representó una auténtica corbata no fue sino en la Roma Imperial. El focale romano servía para preservarse del frío o para humedecerlo y protegerse del calor.

Con la invasión de los bárbaros el focale cayó en desuso y suplantado allá por el siglo XIII por cuellos-solapa «adheridos a la abertura de la camisa o escote de las prendas» que, si bien al principio eran recatados, se fueron convirtiendo con el paso del tiempo en aparatosos cuellos de metros y metros de puntilla veneciana o flamenca y encaje, hasta no distinguirse el resto del traje.

El uso de la corbata propiamente dicha se remonta al siglo XVII cuando Francia contrata a los pandures (tropas mercenarias croatas de élite) que solían atarse al cuello unas tiras como distintivo. Durante la batalla de Steinkerque (1692), el uso de la corbata se extiende exponencialmente en la corte de Versalles y Voltaire, sensible a las modas y a las manifestaciones de elegancia registra su uso para la historia: “durante la batalla de Steinkerque (1692) los oficiales franceses llevaban unas corbatas de puntillas que se ajustaban con mucho trabajo y pérdida de tiempo”.

Al adquirir gran refinamiento, Luis XV instauró el cargo de cravatier cuyo objetivo era el de darle los últimos toques a la corbata.

Con la Revolución Francesa parece que el uso de la corbata, también signo de aristocracia y el extensivo de la guillotina, podría haber acabado la moda de las corbatas, pero no fue ni mucho menos así. Cuantas más cabezas rodaban más se anudaban sus corbatas los revolucionarios: Danton, Robespierre y demás caudillos lucen una blanca muselina al cuello.

Pero quien le otorgó su fama y alcurnia no fue otro que el dandy George Bryan Brummell quien dijo «la corbata es hombre». Eran de envidiar las lazadas que este hombre hacía con sus corbatas. A él se debe también la costumbre de almidonar las corbatas para que permanecieran rígidas.

Las corbatas del dandy abrieron un caluroso debate acerca de si las corbatas debían ser blancas o negras y la sociedad se dividió en dos bandos: los que la llevaban blanca y los que la llevaban negra (patriotas, liberales y un nutrido grupo de artistas, como Chopin, Delacroix, Berlioz, Manzoni, Stendhal o Zorrilla).

Y en cuanto a las mujeres, también ellas las lucieron a partir de que propagase la moda Louise de La Vallière, «amante de Luis XIV, que ya en el siglo XVII se paseaba sin descaro luciendo una gran corbata al pecho» seguida de cerca por George Sand que vestía como un verdadero caballero para escándalo de los puritanos y allanándole el camino a las feministas.

Hasta hoy la corbata, que ya no el lazo o el moño, sigue siendo un complemento de status, estilo y etiqueta y casi el único touch de fantasía que pervive de la moda masculina.

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