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Desesperada

La mujer post-moderna

La mujer post-moderna

En un artículo muy interesante, la Licenciada Irene Meier analiza la situación de la mujer en esta era post-moderna como un debatirse entre la tradición y el cambio en lo que a su subjetividad y sus aspiraciones se refiere.

Si bien es cierto que la edad en la que se consuman los matrimonios o la convivencia con la pareja y la maternidad se postergan en pro de una carrera profesional, conocer mundo y conocerse a sí mismas y el ideal maternal comparte así con los estudios y la carrera una posición central, esta situación coexiste con el auge de los embarazos precoces que, aunque suelen darse en las clases populares en mayor medida, evidencia cierto avance en las clases medias, aunque parezca incompatible. «La sexualización cultural, promovida como una mercancía, y la consiguiente experimentación erótica, casi obligada, puede explicar, al menos en parte, esta tendencia contradictoria con la anteriormente descrita.»

El hecho es que coexisten fragmentos de la Modernidad con aspectos más innovadores. Aquéllos reaparecen como una especie de «servidumbre erótica» (Von Kraft Ebbing y Sigmund Freud).

Si en los inicios del siglo XX las mujeres establecían aun una dependencia respecto del compañero, de su amor y de su criterio amoroso como iniciador y partenaire erótico único, esto, como hemos visto, ya no se mantiene hoy. Y sin embargo, mujeres educadas, con recursos propios y experiencia sexual caen en vínculos amorosos de «dependencia, idealización del compañero y auto postergación al punto de la melancolía». Roto un vínculo la mujer busca con profunda ansiedad quien lo reemplace sintiendo que está en un impasse existencial en el que los logros profesionales y laborales o su vocación son escasamente investidos dando completa prioridad a la relación amorosa.

Esto según, Meier, no ocurre en absoluto en el caso de los pacientes hombres, centrados sin dilaciones en sus logros formativos y laborales. Se preocupan más por «ser que por ser amados.» La «consagración narcisista» deriva no de ser amados por una mujer sino por el reconocimiento social de sus pares.

Meier se pregunta si acaso no es hora de revalorizar ese empecinamiento vincular que por lo visto persiste en las mujeres transhistóricamente, que implica un convencimiento en lo que se refiere a que son los afectos los que dan sentido y «coloratura emocional a la existencia.» La subjetivación de la mujer como tal mujer no les ha exigido renunciar a la dependencia infantil como ocurre en el caso de los hombres, y ése es el motivo que las lleva a desarrollar una empatía necesaria para la crianza de sus propios hijos y para las relaciones amorosas, amistosas e incluso laborales.

En la educación de los hombres se enfatiza la competitividad que no es la única vía hacia la creatividad y la productividad laboral. Educar, gobernar y analizar (tres propósitos que Freud encuentra imposibles), exigen también de un una conexión emocional con los semejantes lo cual requiere «limitar las propias tendencias afirmativas y dar espacio a la alteridad» (Benjamin, 1998).

Pero ¿a qué podemos atribuir la intensidad con que esa necesidad amorosa se da en las mujeres? En algunos casos Meier observa una auténtica fobia social que hace que la mujer requiera de manera imperiosa de un compañero. Esto no se así en los hombres. Mostrarse en sociedad solos, no es lo mismo para la mujer que para el hombre. A él se lo juzgará como un sujeto autónomo mientras que a ella se la verá como una persona penosamente carenciada. Una compañía masculina actúa a modo de fetiche para la mujer, como resabio de la Modernidad.

Si bien Meier ha podido constatar que en las jóvenes de entre 25 y 29 años de edad existe un proyecto vital en el que no caben necesariamente sus actuales compañeros como asociación para toda la vida, lo que apunta a un a mayor equidad, también ha observado que el paso del tiempo no tenido en cuenta cuando se es joven, vuelve cuando suena el tic-tac del reloj biológico que anuncia que el periodo reproductivo puede llegar a su fin de un momento a otro sin que se haya logrado constituir un vínculo sólido con un hombre. «Es en este contexto que el sistema médico ha creado la técnica de conservación de óvulos, que varias pacientes ya proyectan ensayar, para prolongar sus posibilidades de ser madres.» Pero aun así, aparte del dichoso «reloj biológico» hay un componente cultural por el cual los varones no se ven afectados por las angustias en cuanto a su fertilidad ya que pueden perfectamente buscar una pareja más joven, cosa que da pie al dominio masculino, lo que trae aparejada la crisis de algunas mujeres que rebasan los treinta y pico, «atrapadas en las condiciones contemporáneas.»

En mujeres mayores, los logros personales constituyen una fuente de autoestima. Pero la confirmación narcisista, la feminidad, viene dada por la presencia de un compañero amoroso a modo de «reconocedor privilegiado». «En su ausencia, la sensación es de vacío, sinsentido y tristeza.» El peligro está en que de esa dependencia puede emerger una vulnerabilidad tal que acabe en situaciones de explotación, manipulación y abandono.

«El ser de las mujeres está tan íntimamente asociado con ser la mujer de un hombre que la falta de un vínculo conyugal no sólo genera soledad sino que despersonaliza. Ser es, para muchas mujeres, sinónimo de ser-con-otro.» El haber sido prenda de cambio entre familias a lo largo de toda la historia hace que en la era post-moderna aun subsistan este tipo de características culturales tradicionales de forma inarmónica o paradójica. «Para comprender esta situación bastará recordar que la posesión de un nombre propio es un logro femenino reciente; en muchos tiempos y lugares las mujeres fueron nombradas por sus maridos, como parte de la identidad de ellos … Aunque cada vez más mujeres trabajan, todavía la posición social de muchas familias depende, de modo prioritario, de los logros del varón. De modo que ser ‘alguien’, o sea gozar de bienes materiales y reconocimiento social, depende a veces de modo real y otras de forma imaginaria, de estar con un compañero adecuado para ese propósito.»

Fuente: http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num7/subjetividad-meler-mujeres-postmodernas-tradicion-cambio.php

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