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Desesperada

Leer no es un castigo

Leer por placer

En su libro Cómo leer y por qué, Harold Bloom dice que leer bien es uno de los mayores placeres que pueda proporcionar la soledad porque en su experiencia ha encontrado que es el placer más curativo, lo devuelve a la otredad en tanto que la lectura imaginativa es el encuentro con el otro y por ese motivo alivia la soledad; que solo la lectura constante y profunda aumenta y afianza por completo la personalidad, y que para leer sobre sentimientos humanos hay que ser capaz de leer humanamente.

El primer encuentro con la lectura es a través de la palabra oída de nuestros padres o abuelos, y que podíamos, y pedíamos, que nos las repitiesen una vez y otra sin cansarnos. Llenaban nuestra imaginación la tonalidad de la voz, los gestos, las ilustraciones de estos primeros libros que se volverían inolvidables. Todo ello era como una ceremonia de comunicación en la que no faltaban las risas, las sonrisas, el dolor, la intriga, el amor, los sueños, el miedo, la tristeza, la impaciencia y tampoco la desilusión.

Pero luego en la escuela nos enseñaron que leer es una obligación y la magia de la lectura, por un momento, se pierde. Ya sea porque se trata de libros de estudio o de novelas que no nos interesan. Pero leerlos era un deber y había que obedecer. Pocos maestros saben cómo inculcar el amor a los libros amén de que se encuentran constreñidos por órdenes que vienen de arriba. No toda la culpa es suya.

Pero esto no dura para siempre. A los libros se vuelve siempre. Es muy raro el niño que no se enfrasque en su libro favorito, que no busque en los anaqueles de sus padres o hermanos algo que le llame la atención. La lectura nos conecta con nosotros mismos, con nuestro bagaje vital y nuestros afectos.

Nunca voy a olvidar que leí Jane Eyre 8 veces en mi infancia. Ni tampoco cómo me zampé Narciso y Goldmundo de Hermann Hesse en una sola noche a los diez años. O El Principito y tantos, tantos libros que he perdido hace mucho tiempo la cuenta.

Para lograr que tu hijo no lea haz lo siguiente:
Dile:

– Lee, niño, y no mires la televisión
– Mira que te mando a la biblioteca
– El libro es educación y cultura, ni placer ni recreación ni juego
– Lee libros más profundos, no solo cuentos
– ¿Por qué no lees? ¿Eres idiota o algo así?
– Yo a tu edad me comía los libros
– Vete a tu cama a leer y deja ya de jugar y de perder el tiempo
– Ya va siendo hora de que leas un buen libro. Te compraré uno

Un hombre que no lee no viaja. Pero para emprender ese viaje tiene que ser por el mero placer de viajar y recorrer mundo. Desde que sabemos que el feto puede escuchar sonidos, sabemos que nuestras palabras ayudan a su desarrollo cerebral y que lo que escucha, nuestras voces, le afecta. A partir de entonces sabemos que podemos cantarle una nana, hablarle e incluso contarle cuentos. Y que si seguimos así una vez que nace, repitiendo hasta el infinito los mismos cuentos, una y otra vez, a pedido, estaremos despertando su curiosidad y su capacidad de fantasear, de escuchar algunas verdades y cuestionarse otras. Estaremos enseñándole a razonar y a imaginar. Ni más ni menos.

Fuente
bibliodigital.udec.cl

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