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Desesperada

Masako, una princesa con depresión

Masako, la princesa que no es feliz

A pesar de la tradición, no siempre los cuentos de princesas tienen un final feliz. Masako, la esposa del príncipe heredero de Japón, no es feliz.

Masako Owada, una plebeya, no había soñado de pequeña con ser princesa y su encuentro con la arcana e impenetrable y sobria casa real nipona fue accidental, presionada para que a sus 30 años contrayera matrimonio con Naruhito.

Hija de un diplomático ex viceministro, «licenciada en Ciencias Económicas por Harvard, en Derecho por la Universidad de Tokio y con un posgrado de Oxford en Relaciones Internacionales», fue a caer en brazos del asfixiante ambiente de la casa imperial que puso sus ojos precisamente en ella. Moderna y emancipada daba el perfil y los encargados de hacer el casting de jóvenes casaderas pronto la escogieron como la más adecuada aspirante. Naruhito la conoció fugazmente en 1986 y quedó prendado. Se enamoró de ella pero ella le rechazó sucesivas veces. «El matrimonio concertado no entraban en sus planes.» Pero lo que era una peor, debía inmolarse profesionalmente para ocupar su nuevo cargo, enclaustrarse para perseguir un único objetivo: dar a luz un hijo varón que para su desgracia, nunca vino. Pero no tenía alternativa y tras un curso de urbanidad palaciega, el 9 de junio de 1993 se celebró la boda.

Masako fue sometida a tratamientos de fertilidad, abortó en 1999 y dos años más tarde dio a luz una niña. Pero la ley sálica promulgada por la Dieta (Cámara baja del Parlamento japonés) según se rige el Trono del Crisantemo, de naturaleza dinástica, impediría que una mujer accediera al trono. La melancolía de Masako fue delizándose lentamente en su vida hasta que sobrevino el primer derrumbe tras un trienio de dura adaptación a los preceptos palaciegos. Tanto es así que Naruhito se vio obligado a viajar solo a la boda de Felipe y Letizia.

Las condiciones en que vive Masako son perversas: sin permiso le está vedada la salida del palacio, carece de tarjeta de crédito, sus comunicaciones telefónicas están limitadas, no posee pasaporte individual, carece de rutina propia… debe andar tres pasos detrás de su marido, no hablar a menos que se le dirija la palabra, «debe sonreír un poco, saludar otro poco…»

Esta mujer que habla cinco idiomas con fluidez, preparada para ser embajadora vive recluida en el pasado más remoto y refractario a cualquier cambio.

No se sabe qué tratamiento sigue ni en qué estado se encuentra. Pero ni la ternura de Naruhito ni su niña de 12 años parecen poder devolverle la alegría. Según Kyoji Koamchi, funcionario de palacio «está mejorando.» El propio Naruhito, ante la sorpresa de sus padres confesó que los esfuerzos por aclimatarse a la rutina de palacio le resultaban extenuantes y que su carrera profesional y su personalidad le habían sido negadas. «Debió empaquetar ambiciones profesionales, arrumbar su tesis de Harvard sobre Ajustes externos en los precios de importación y el petróleo en el comercio de Japón, renunciar al deporte en equipo y sumergirse en clases de poesía, protocolo y violín » para pasar a ser escrutada por los mil funcionarios de la casa imperial.

Ahora es su sobrino de seis años y tercero en la sucesión, quien empieza su formación para ser emperador. Único hijo varón de los príncipes Akishino y Kiko, estudiará en la elitista y espartana Universidad de Ochanomizu, en Tokio.

Pero Masako y la mansedumbre no van de la mano. En numerosas ocasiones se saltó el protocolo, entre ellas la de leer a Kenzaburo Oé, crítico del funcionamiento de la casa imperial «herrumbrosa y vacua criticada en el Japón liberal y moderno.»

Mientras tanto la depresión de Masako ya parece crónica y su único refugio son sus ensoñaciones: volverse invisible para escapar de las rigideces monárquicas; caminar libre entre los transeúntes sin ser reconocida, libre y llena de vida para detenerse ante el escaparate de alguna librería del barrio más bohemio de Tokio y extasiarse con las últimas novedades. Un vía crucis.

Fuente
El País

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