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Desesperada

Sed de venganza y otros males

Formas de venganza

Ojo por ojo, diente por diente, la venganza siempre ha sido uno de los motivos mas comunes de asesinato. ¿Qué nos permite a algunos olvidar y perdonar mientras que otros se ven obligados a cometer incluso actos criminales?

Como bien dice en su artículo «Venganza y ley del talión», Miajil Malishev, el deseo de venganza es por antonomasia retroactivo que, aunque simbólico, porque nunca se podrá recuperar lo que se ha perdido, nunca se podrá reparar del todo la injuria, se alimenta por un sentido de justicia que pretende responder al dolor con el dolor y a la ofensa con la ofensa, pero que tiene como condición que la herida padecida eche raíces sólidas en el agraviado; no es un contraataque instantáneo sino lentamente meditado, generalmente en la intimidad, porque no se ha podido olvidar y el tiempo no ha cerrado las heridas, de lo que derivan una excitación rabiosa, un fuerte sentimiento de frustración y el resentimiento pero sobre todo el desprecio por el agresor y «el deseo inextinguible de hacerle pagar su deuda» ligado al deseo de ver desaparecer al agresor de la faz de la tierra. Consumada la venganza, el agredido recupera la calma, siente que recobra su dignidad y su honor y que ha obtenido una recompensa por los daños causados, sean éstos graves o más graves atenuándose el rencor que le tenía atado al ofensor. » A pesar del dolor, el vengador se alegra al recordar la nariz quebrada del sujeto que le rompió los dientes.» En otros tiempos (basta con leer a Shakepeare o a Dostoievski), y en varias etnias, clanes y tribus aun en la actualidad, la venganza de sangre se considera un deber y es causa de muchos crímenes. Es una obligación hacer expiar al enemigo la ofensa sufrida. «¿Por qué la pasión por la venganza tiene raíces tan profundas en la psique humana?», se pregunta el autor. Y responde citando a Erich Fromm, para quien se trataría de un acto de magia por medio del cual se hace desaparecer y se niega que jamás nadie nos haya infligido daño alguno. Una manera de pasar página que se sostiene sobre un sentimiento muy básico de justicia y equitatividad. Y añade: «Pero debe haber todavía otra causa. El hombre trata de tomarse la justicia por su mano cuando le fallan Dios o las autoridades seculares. Es como si su pasión vindicativa se elevara al papel de Dios y de ángel de la venganza. (Fromm, 1997: 251).» El vengador nunca es el «malo de la película». Él solo trata de poner orden; así acalla su conciencia y todo vuelve a su cauce.

Pero no es así como opera la justicia secular en las sociedades modernas. Nadie tiene derecho a tomarse la justicia por sus manos, menos en casos tan graves. Y fuera de aquellos países en los que existe la pena de muerte, o en los casos de delitos de lesa humanidad, la condena del agresor suele ser la privación de la libertad y no un ataque físico.
Pero no es mi intención, tampoco, ahondar en este tipo de situaciones en las que es necesaria la intervención de la justicia. En este artículo mi intención es apuntar a esas agresiones u ofensas leves que recibimos a diario y contra las que nos sentimos indefensos en parte porque nos toman desprevenidos, pero que nos torturan y reconcomen. ¿Cómo contraponernos a las groserías, la injusticia, o la insolencia y la malicia y la traición en las comunicaciones interpersonales? En estas circunstancias lo mejor es frenar el impulso a responder en el momento y, o bien practicar el perdón, o bien encontrar el momento adecuado para seguir la ley del talión. No se trata de ser emocionalmente débiles sino de no ponernos a la altura del agresor que bien pudo actuar motivado por el resentimiento, la envidia, por el deseo conciente de hacernos pasar un mal momento, probar nuestra capacidad de aguante o por pura ignorancia. No es que no debamos indignarnos o enojarnos nunca porque eso puede traer secuelas psicológicas si es que no son fruto de un problema emocional previo que nos hace vulnerables. Lo que es importante es saber detectar el improperio y hacer un esfuerzo conciente para reconducir la carga emocional de manera que la respuesta que demos sea ante todo constructiva para nosotros en primera instancia, y para el otro, de manera de no esclavizarnos a una relación emponzoñada de por vida. Una reacción instantánea puede resultar desproporcionada y fuera de lugar porque el otro puede estar listo para el contrataque o no llega a comprender tan rápidamente en qué nos ha herido ni en qué medida, y lo interesante del caso es que el otro tome conciencia de sus actos y no vuelva a repetirlos, al menos no con nosotros. De todas maneras también viene bien comprender que hay personas que no cambiarán jamás su forma de actuar ni de ser y, en ese caso, lo mejor es diluir la relación y poner distancia.

Fuentes
http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_del_Talión
http://istmo.mx/1996/09/venganza_y_resentimiento/
http://autorneto.com/literatura/ensayos/la-venganza-nos-da-placer/2/
http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2053/Aguijon/Mijail.html

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