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Desesperada

Zelda y Scott Fitzgerald, del mito a la realidad

La vida de los Fitzgerald

«Dicen que la locura nos separó. Es justo lo contrario: nuestra locura nos unía. Es la lucidez la que nos separa.» Zelda Fitzgerald

Claros símbolos de un época, la de los años ’20, incluyendo el crack del ’29, una época de excesos y boom de las libertades, del desenfreno, de la creatividad, en la que «se respiraba alcohol prohibido», y fox-trot, una época de despreocupaciones, del surgimiento de una nueva pintura, de una nueva literatura, los cimientos del cine, entre la brutal Primera Guerra Mundial y la barbarie de la Segunda pasando por el hundimiento del Titanic del ’29, cuando parecía que el mundo se «precipitaba al vacío», Zelda y Scott Fitzgerald representaban el amor, el desamor, la fusión de la vida con la literatura, «la decadencia y la caída, el alcoholismo y la locura.»

Pero es en esta época que también comienzan a surgir los medios de comunicación de masas, y los Fitzgerald fueron en ellos los pioneros. «Se parecen mucho en su forma de utilizar los medios de comunicación a las celebridades actuales, en un momento en que esos medios de masas empiezan a surgir. Su utilización de la celebridad es un poco cínica, pero son modernos en muchos planos, incluso en el plano moral. En su forma de romper las convenciones, de quererse, de enfrentarse a la sociedad, porque estamos hablando de la época anterior a Mayo del 68. Lo que atrae de esta pareja es la precocidad, la velocidad y su capacidad para consumir lo que llegaron a tener: felicidad, éxito, dinero».

Mientras que las obras de Zelda caen en el olvido (escribió «Resérvame ese baile», y pintó cuadros), la obra de Scott crece hasta engarzarse en nuestro imaginario, en un auténtico salto a la genialidad. En su necrológica, The New York Times ya hablaba de él como escritor pero también como mito. «La vida y la obra de Fitzgerald encarnaron a ‘todos los jóvenes tristes’ de la generación de la posguerra.»

Scott fabricó su propia leyenda, y no sabemos a ciencia cierta qué prevaleció, si su obra o el mito: «Es el escritor alcohólico, el novelista arruinado, el genio derrochado, la encarnación de la Era del Jazz, una víctima sacrificada en el altar de la depresión.» Depresión y alcoholismo, que Ernst Hemingway achacaba a la influencia de Zelda. «‘Zelda respondía a la tipología de la niña traviesa que pululaba por la literatura infantil de principios de siglo: una chica atractiva pero indómita, que mostraba todos los indicios de rebeldía ante las convenciones del tradicional papel femenino’, escribe la crítica Kyra Stromberg en Zelda y Francis Scott Fitzgerald (Muchnik Editores, 2001).” Pero Zelda era una hacedora de reyes, una kingmaker.

Zelda era de buena familia, de Montgomery, capital de Alabama, la ciudad en la que, por otra parte, comenzó el movimiento por los derechos civiles en los cincuenta.

Scott era un joven católico de provincias, nacido en Minesota, de origen irlandés; estudió en Princeton. Era atractivo y elegante. Scott y Zelda se conocieron en el verano de 1918 cuando Scott estaba en el ejército, cerca de Montgomery. Tras un noviazgo complicado, se casaron una semana después de que Scott publicara su primera novela, A este lado del paraíso, que fue un éxito de ventas. Viajan a Europa y en 1925 edita El Gran Gatsby. Se hicieron ricos.

Puede que una infidelidad de Zelda con un aviador rompiera el idilio, pero las causas podrían ser más profundas. Existía entre ellos una rivalidad que se convertía rápidamente en un infierno.

En 1930 Zelda comenzó su periplo por los psiquiátricos, aunque nunca dejó de escribir ni de pintar hasta que muere en 1948 a causa de un incendio en el psiquiátrico en el que residía. Scott murió de un ataque al corazón en 1940.

«Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche», dice el personaje de Nicole en la más triste de las novelas de Scott, Suave es la noche, en una certera definición de lo que representa un verdadero amor: algo que, ocurra lo que ocurra, se queda con nosotros para siempre. Podemos decir algo parecido de los grandes escritores y de sus leyendas. Tras pasar por la vida y por la obra de Scott y Zelda, siempre quedará algo de ellos en nosotros.

Fuente: El País

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